Reflexiones demoniacas: Xavier Sáez-Llorens

Xavier Sáez-Llorens

xsaezll@cwpanama.net
Los psicólogos dicen que para que un mensaje cale hay que tratar de escribirlo en frío, cuando las pasiones se hayan disipado. Otros exhortan a usar un lenguaje políticamente correcto. Hoy pretendo desafiar ambas premisas. De hecho, como los fanáticos religiosos ya me han enviado a pudrirme en el infierno, me resulta cómodo plasmar opiniones en caliente. Me encanta ser abogado del diablo. Los que se sientan aludidos, pueden ripostar con furia. Esparciré en las brasas todas las invectivas que me dispensen. La hoguera arde y Mefistófeles me prometió protección.
Un individuo justo debe ser capaz de objetar lo malo y alabar lo bueno. Nadie es 100% perverso o bondadoso. El ciudadano, no afiliado a partidos ni a ideologías herméticas, tiene duda razonable sobre lo que dice Gobierno, oposición o prensa. Como principio ético fundamental, revelo mis dos conflictos de interés. Billy, querido hermano, es director de la CSS, y Pepe, amigo íntimo, titular del MOP. Empiezo admitiendo que no me agrada la forma impulsiva, belicosa y turbia como el Presidente ejerce su mandato. Parece innegable que ha habido corrupción en algunas actividades de la gestión gubernamental actual. Las pistas más sugerentes corresponden a las numerosas adjudicaciones directas, a las tierras de Paitilla o Juan Hombrón y a las tramitaciones de los radares. Los múltiples viajes patrocinados por contratistas generan también suspicacia de gatuperio subyacente. Desafortunadamente, sin evidencias robustas, toda acusación personalizada se convierte automáticamente en calumnia. Para mí, tanto delito como deshonra deben ser motivos de cárcel.
En todas las administraciones precedentes he escuchado a gente manifestar que la democracia está en peligro y que los actos de corrupción han sido los peores de la historia. Estas denuncias se acentúan al iniciar la campaña electoral venidera, cada vez de comienzo más temprano. Tanto la percepción morbosa como la agitación política prematura impresionan y obedecen a cuatro razones. Primero, el ser humano tiende a minimizar las adversidades a medida que pasan los años y a sobredimensionar lo más reciente, particularmente si es acumulativo. Ya olvidamos cuando Pérez Balladares nombró a su abogado Troyano como magistrado en la CSJ y otorgó a primos la concesión de BellSouth; cuando Moscoso designó a Spadafora o Cigarruista y su amigo Onassis García controló licitaciones; cuando Torrijos encargó a Hugo de la Autoridad Marítima, su tío casi se apodera de Chame y su protegido comandó la Asamblea afectando la ratificación del TPC; o cuando se destapó la cloaca del CEMIS que salpicaba a varios colectivos. ¿Memoria selectiva?
Segundo, la obsesión del gobernante en diezmar las nóminas de partidos contrarios. En retaliación, vetustos representantes del PRD, arnulfistas de triste recordación y una misteriosa “sociedad civil” han formulado presagios apocalípticos de nuestro futuro. Varios agoreros que ya dormitaban en alcanfor han, incluso, reaparecido en el escenario público con augurios de retorno a la era castrense. Curiosamente, los mensajes son más hermosos cuando el mismo vocero está en la oposición que cuando está en el régimen. El mejor ejemplo lo exhibe el vicepresidente, que antes narraba bellezas de su compartida faena y, ahora, pringa con estiércol hasta en el exterior (algo inédito en el mundo). Tercero, la espectacular bonanza monetaria circulante. Todos ansían sacar tajada del pastel y lógicamente resulta más fácil lograrlo desde el poder. Cuarto, la pugna entre millonarios por lograr supremacía económica y portada en la revista Fortune. Aunque desapruebo las intimidaciones de la DGI contra cotizantes “seleccionados”, podría asegurar que la clase adinerada paga, proporcionalmente, menos impuestos que la clase media profesional, precisamente la que empuja el motor productivo nacional. Muchos de estos empresarios financian las campañas proselitistas de varios candidatos para después salir favorecidos en gravámenes y contratos.
Hubo una época en que los mandatarios se escogían por acuerdo entre magnates reunidos en el Club Unión. Si este hubiese sido un centro de intelectuales, quizás habríamos tenido más suerte. En el presente, el dinero ejerce su influencia a través del imperio mediático, una especie de simbiosis entre intereses de dueños y marionetas del periodismo. Decía Jauretche, “no existe la libertad de prensa, tan solo es una máscara de la libertad de empresa”. Ante la incredulidad, la estrategia es hablar de amenaza a la libre expresión. Concuerdo con Gioberti, “los mayores enemigos de la libertad no son aquellos que la oprimen sino los que la ensucian”. Estamos siendo testigos de una polarización noticiosa radical: o se reprocha o se ensalza todo, de manera constante. En televisión, se estructuran entrevistas o debates con anarquistas o aduladores crónicos, según la línea trazada. Vemos, también, presentadores obsesionados con el rating que vierten chismes o crónicas, carentes de tamiz técnico, sin importar potenciales consecuencias. Algunos de estos adalides del derecho a disentir, al ser cuestionados con argumentos, bloquean tweets o atribuyen disensos a un supuesto call center. O sea, viva la libertad de expresión pero solo la propia. Caraduras.
Ya hemos votado por todas las facciones y ninguna gusta. Toca elegir a un sindicalista. Quizás merezcamos acabar por hundir al Panamá que afuera envidian. La doble moralidad de la sociedad da asco. Confieso que, en ocasiones, me encantaría que Dios existiera. Se avergonzaría de la hipócrita y tramposa humanidad que creó a su imagen y semejanza. Debe haber un mejor planeta para vivir. Apelo a Freud, “la prueba más convincente de que existe vida inteligente en otros planetas, es que no han venido a visitarnos”. @xsaezll

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