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El Dolor en el adulto mayor, Elementos mentales, espirituales y sociales.

El empleo de la palabra dolor no debe hacernos creer que necesariamente se trata sólo de un síntoma que requiere un tratamiento medicamentoso inmediato. Es importante darse cuenta de que el dolor no entraña únicamente una parte física sino también elementos mentales, espirituales y sociales que integran un todo, un síndrome de dolor global. Para cualquier médico es familiar el dolor causado por las metástasis óseas, pero puede no ser tan evidente el sufrimiento psicológico que conlleva saberse portador de una enfermedad fatal, donde la familia juega un papel preponderante.

El sufrimiento social es ilustrado por la imagen del hombre adulto, parte de la familia y sostén económico de la misma que ve desaparecer su capacidad de apoyo económico. Su dolor espiritual surge de las dudas existenciales: ¿por qué yo?, ¿acaso existe un Dios? Estas reflexiones son comunes en creyentes y no creyentes en el periodo final de la vida que nos cuestiona acerca del fin último de la existencia.

Es sólo a través de la consideración atenta de la totalidad de los elementos que integran el síndrome del dolor como será posible alcanzar un satisfactorio nivel de control del mismo. Además, en la evaluación del dolor se interponen con frecuencia los prejuicios, entre la población general y aun entre los profesionales de la salud suele decirse que el dolor es parte del proceso de envejecimiento normal, que el dolor salva y redime, que el dolor es signo de debilidad, o bien, que el dolor atemoriza. “La edad no es un analgésico”, y conviene recordárselo sobre todo a los familiares y a veces al mismo enfermo.

El dolor, en particular el persistente, es causa usual de un deterioro significativo de la calidad de vida. Contribuye a exacerbar estados depresivos, entorpece la socialización, altera el sueño, compromete la marcha, aumenta el consumo de recursos destinados a la atención sanitaria, disminuye el potencial rehabilitatorio y predispone a sufrir efectos secundarios de la acción medicamentosa, especialmente cuando es necesaria la polifarmacia. En situaciones avanzadas que conllevan un síndrome de inmovilidad es común la ocurrencia de incontinencia urinaria y fecal, propensión a las caídas y, en última instancia, aparición de úlceras de presión.

Un caso particular y especialmente frecuente entre los ancianos es el del sujeto afectado por el deterioro cognoscitivo. Esta situación clínica representa un reto difícil de abordar, pues el paciente adolece de una dificultad progresiva para expresar el dolor a causa de las alteraciones del lenguaje que acompañan a estas afecciones. Es indudable que esta circunstancia afecta por igual en el domicilio al cuidador primario que es el que conoce mejor al enfermo; lo que conlleva a que este sea tratado por especialistas.

Toda intervención de esta índole acarrea tanto riesgos como posibles beneficios. Ambos merecen una cuidadosa consideración. Esto debe quedar claro para el paciente, así como la expectativa de que el tratamiento habrá de beneficiarlo. Sin embargo, es un error crear en la persona falsas expectativas y que espere de inmediato una completa remisión del dolor. El tratamiento debe ser individualizado de manera cuidadosa. Los ancianos suelen ser más vulnerables a los efectos secundarios y más sensibles a los psicofármacos. Es necesario anticipar estas diferencias, considerarlas al formular la prescripción, sugerir la dosis útil más baja y efectuar incrementos paulatinos.

Es importante la atención al adulto mayor de manera sistemática para que de esa  forma logre como mínimo una  estadía aceptable en su enfermedad..

Licenciada Olivia de Graell

Trabajadora Socia

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